Resulta increíble la cantidad de mocos que un resfriado común puede llegar a generar.
Ahí estás, un miércoles cualquiera, a la mitad de la madrugada, convencido de que esto es el final. No un final dramático ni digno: un final a base de ojos llorosos y nariz tapada, que es, objetivamente, la muerte más patética registrada en la historia de la humanidad.
Esto se ha convertido en emergencia.
Papel.
Papel de baño, Kleenex, servilletas de cocina, el trapo de sacudir.
Histérico, corres descalzo al baño ignorando todos los tratados de las abuelas respecto al frío en los pies y su intrínseca relación con el cáncer de pulmón.
Tomas el rollo con la convicción de quien intenta sacarse el cerebro por la nariz.
Un elefante. Luego una manada. Estampida.
El vecindario está despierto, aterrorizado por las trompetas apocalípticas que acabas de resonar y, lo peor: te odia.
Los mocos no cesan.
La nariz sigue tapada. Para más INRI, ahora también los oídos.
No respiras, no escuchas, apestas a pomada de mentol y a derrota.
Cuarenta minutos después, por accidente, te recuestas del otro lado.
Se cancela el servicio crematorio.