Ya no me gustan los conservadores, de esos que dicen que todas se quieren casar. Tampoco los pragmáticos que se ufanan de sobrevivir con una única taza despostillada, ni los serviciales que masajean los hombros de sus visitas como si el cuerpo ajeno fuera un mérito propio, ni los intelectuales que llevan al Quijote como credencial, ni los hinchas incapaces de perderse un partido aunque el mundo se esté cayendo.
Me gustan los gatos. Que no hablan ni obedecen ni te piden que seas algo.
Me gusta llenarme de canas, de lunares en las manos, de arrugas en la cara. Me gusta el cuerpo que acumula.
Me empieza a gustar que a nadie le gusten las señoras.